Michel Wieviorka, sociólogo francés y director de estudios en la École des Hautes Études en Sciences Sociales, propone en esta obra una síntesis teórico-empírica del fenómeno racista en las sociedades occidentales modernas. Lejos de reducir el racismo a una anomalía histórica superada, el autor lo sitúa como un componente estructural de la modernidad, cuya comprensión exige tanto herramientas conceptuales rigurosas como atención a sus expresiones contemporáneas. La obra se organiza en dos partes: una dedicada a las herramientas analíticas y otra a la actualidad del racismo en Europa occidental.
Del racismo científico al nuevo racismo
Wieviorka traza una genealogía del racismo desde sus formulaciones científicas del siglo XVIII y XIX hasta sus versiones contemporáneas. El racismo clásico —o científico— operó mediante la naturalización de las jerarquías humanas, sostenida por disciplinas como la craneometría, la frenología y el darwinismo social. Autores como Gobineau, Le Bon y Galton articularon un edificio ideológico que legitimaba la colonización y la esclavitud en nombre de la superioridad racial. El nazismo representó el punto culminante y, a la vez, el agotamiento histórico de este paradigma.
Tras la Segunda Guerra Mundial, el racismo científico cedió paso a lo que Martin Barker denominó el "nuevo racismo" o racismo diferencialista: ya no se apela a la jerarquía biológica, sino a la incompatibilidad cultural. Pierre-André Taguieff denominó este giro como "racismo diferencial", en el que el rechazo al Otro se funda no en su inferioridad, sino en la supuesta irreductibilidad de las diferencias culturales. Wieviorka advierte que este desplazamiento discursivo no elimina la lógica racista; simplemente la sofistica, al naturalizar la cultura del mismo modo en que antes se naturalizaba la biología.
El autor plantea además que la dualidad analítica —racismo universalista (inferiorización) y racismo diferencialista (exclusión)— no debe leerse como sucesión histórica lineal, sino como dos lógicas coexistentes y tensionadas en toda experiencia significativa del racismo. El apartheid sudafricano, por ejemplo, combinó explotación (lógica universalista) y segregación total (lógica diferencial).
El espacio sociológico del racismo
Para Wieviorka, el racismo no es un fenómeno puramente ideológico, sino que emerge de condiciones sociohistóricas concretas. Propone un esquema de cuatro polos que articulan las tensiones entre modernidad e identidad: el racismo universalista (ligado al colonialismo y al proyecto asimilacionista), el racismo de la caída social (propio de grupos que temen la pérdida de estatus), el racismo identitario contra la modernidad (vinculado al nacionalismo y al fundamentalismo) y el racismo de identidades en conflicto (resultado de tensiones interculturales en sociedades plurales). Estos polos son tipos analíticos, no realidades puras; los actores racistas combinan y amalgaman estas significaciones de modo frecuentemente incoherente.
Las expresiones concretas del racismo se ordenan desde el prejuicio y el rumor hasta la discriminación, la segregación y la violencia física. La investigación de Theodor Adorno sobre la personalidad autoritaria, los estudios de Gunnar Myrdal y la obra de Gordon Allport iluminan los mecanismos psicosociales del prejuicio, mientras que la noción de racismo institucional, formulada por Carmichael y Hamilton (1967), permite dar cuenta de discriminaciones sistémicas reproducidas sin necesidad de actores conscientemente racistas. Wieviorka valora esta noción, pero señala su debilidad: al disolver la responsabilidad individual en el sistema, corre el riesgo de producir un racismo sin sujeto.
La actualidad del racismo: condiciones estructurales y medios de comunicación
La segunda parte sitúa el análisis en las sociedades europeas contemporáneas. El fin de la era industrial, el declive del movimiento obrero, la crisis de las instituciones y la fragmentación cultural constituyen condiciones favorables para el resurgimiento racista. La figura del inmigrante emerge como nuevo objeto de racismo diferencialista, en una sociedad donde la cohesión nacional se debilita y las identidades particulares se movilizan en el espacio público.
Respecto a los medios de comunicación, Wieviorka adopta una postura matizada: si bien pueden actuar como vectores de representaciones racistas —especialmente a través de la estigmatización de minorías y la sobredramatización de la diferencia—, su responsabilidad no es mecánica ni unidireccional. Los medios también pueden constituirse en actores antirracistas, aunque sus márgenes de acción están determinados por el estado general de la sociedad y por el peso de otros actores institucionales y políticos.
Las dificultades del antirracismo
El capítulo final constituye uno de los aportes más lúcidos de la obra. Wieviorka examina la paradoja estructural del antirracismo: combatir el racismo exige nombrar las categorías raciales que se pretende disolver. Las políticas de acción afirmativa (affirmative action) en Estados Unidos ilustran esta tensión entre equidad y racismo invertido, entre reconocimiento cultural y fragmentación identitaria. La crítica francesa al antirracismo —representada, entre otros, por Taguieff y Yonnet— señala que las estrategias universalistas, al ignorar el diferencial cultural, resultan anacrónicas frente a un racismo predominantemente diferencialista.
El autor sostiene que un antirracismo consecuente y democrático debe articular sin reducir la apelación a los valores universales con el reconocimiento de las identidades específicas. Ni el universalismo abstracto ni el multiculturalismo radical son suficientes por sí solos: el primero invisibiliza las diferencias reales y el segundo puede alimentar el comunitarismo sectario. La eficacia antirracista depende, en última instancia, de la capacidad de sostener esta tensión productiva sin resolverla prematuramente.
Conclusiones
El racismo: una introducción constituye una obra de referencia indispensable para la comprensión sociológica del fenómeno racista en las sociedades modernas. Sus contribuciones teóricas más significativas pueden sintetizarse en tres ejes. Primero, la desnaturalización del racismo como constante antropológica: lejos de ser una propensión universal del ser humano, el racismo es un producto histórico de la modernidad occidental, asociado a la expansión colonial, el surgimiento del Estado-nación y las tensiones entre universalismo e identidad. Segundo, la superación del modelo dualista: la distinción analítica entre racismo universalista y racismo diferencialista no implica una sucesión cronológica lineal, sino la coexistencia conflictiva de dos lógicas que se articulan de manera variable según el contexto histórico y social. Tercero, la problematización del antirracismo: Wieviorka rechaza la ilusión de una acción antirracista sin contradicciones, y propone pensarla como práctica inherentemente tensionada entre la apelación a principios universales y el reconocimiento de las especificidades culturales e identitarias.
Desde una perspectiva de inclusión y derechos humanos, el texto aporta herramientas conceptuales fundamentales para analizar tanto el racismo institucional —cuya operatoria no requiere intencionalidad explícita— como las formas más sutiles de discriminación culturalista presentes en los sistemas educativos, los mercados laborales y los espacios públicos contemporáneos. La obra de Wieviorka sigue siendo, tres décadas después de su publicación, un referente teórico de primer orden para comprender las dinámicas de exclusión, minorización y violencia simbólica que caracterizan las sociedades plurales del siglo XXI.
Referencia: Wieviorka, M. (2002). El racismo: una introducción. Gedisa Editorial. (Obra original publicada en 1998 como Le racisme, une introduction, Éditions La Découverte & Syros, París)



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